El Templo Masónico de Santa Cruz de Tenerife, erigido en la calle de San Lucas a comienzos del siglo XX, es uno de los ejemplos más singulares del patrimonio arquitectónico simbólico de toda España. Se trata de un extraordinario exponente que vincula la ciudad con su pasado masónico, capítulo poco conocido de nuestra historia local. Su inconfundible presencia luce como símbolo ciudadano en el que se pone de manifiesto un legado que durante mucho tiempo fue implacablemente proscrito, perseguido y reprimido. Hoy recuperado, no hay duda de que forma parte incuestionable del acervo cultural e histórico de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife.

La masonería es una organización fraternal, filosófica y de carácter iniciático que busca el perfeccionamiento moral, intelectual y social del ser humano. Su estructura organizativa viene determinada por la reunión de personas en grupos, denominados logias o talleres, en los que, mediante ceremonias simbólicas y enigmáticos rituales, se promueve la dignidad humana y la solidaridad entre sus miembros. Se accede a esta comunidad apadrinado o invitado por otro integrante, tal como es norma hoy en día en cualquiera de los clubes sociales modernos. La organización funciona como una estructura federal y jerárquica, marcada por tres estadios bien definidos: el de Aprendiz, principiante en la iniciación; el de Compañero, donde se aprende y forma; y el Maestro, el de más alto rango y preparación.

El origen de la masonería se remonta al Medievo, cuando miembros de los gremios de constructores de catedrales se ayudaban unos a otros en diferentes aspectos. Esto evolucionó con el paso de los siglos y aquella unión gremial pasó a convertirse en una red universal que, desde la Inglaterra de finales del siglo XVII, se expandió por toda Europa y parte de América al amparo de la revolución cultural y científica, luego consolidada en el Siglo de las Luces por la Ilustración. Los modernos masones nacieron al albur de las nuevas mentalidades, agrupados en sociedades civiles que dibujaron nuevos contornos sobre una esfera pública autónoma, fuera ya de los marcos religiosos, corporativos y políticos tradicionales.
Tras el triunfo de las ideas emanadas de la Revolución francesa y su propagación por toda Europa, la masonería se convirtió en una de las pocas instituciones organizadas que podía enfrentarse a caducas pretensiones absolutistas. Los masones se sentían ante todo comprometidos con sus valores morales y vieron necesario separarse de las instituciones del Estado y de la Iglesia, haciendo caso omiso de prejuicios de clase, religión y nacionalidad. Se recluyeron entonces en un espacio interior que podían modelar a placer y que protegían con su silencio. Este hermetismo les valió el rechazo y recelo del resto de la sociedad.
La primera logia masónica de España fue fundada en 1728 en Madrid por seis ingleses. Se conoció con el nombre de «La Matritense». Estaba adscrita a la Gran Logia de Inglaterra, pero su vida fue breve en aquel ambiente acaparado por el absolutismo borbónico y la Inquisición. Fue a partir de la invasión de la Península por las tropas de Napoleón cuando una serie de afrancesados fundaron nuevas logias que se integraron en lo que se denominó Gran Oriente de España, dependiente de los grupos masónicos ahora franceses. Con la vuelta del absolutismo de Fernando VII, la restaurada Inquisición española persiguió de manera despiadada a los masones. Fue entonces cuando estas sociedades ahora secretas comenzaron a alinearse con los diferentes movimientos políticos liberales que surgieron a lo largo del convulso siglo XIX español: primero, durante el Trienio liberal (1820-23); y de manera más evidente, durante el Sexenio Revolucionario (1869-74) y a lo largo de la Restauración borbónica. Además, la masonería fue muy activa en el auge del movimiento independentista cubano a partir de 1860. Ya entrado el siglo XX, con la proclamación de la Segunda República, se abrió una nueva etapa en la historia de la masonería hispana. Ahora, la organización podía ser parte fundamental del cambio social que el régimen republicano quiso abordar. Pero tras el estallido de la Guerra Civil, los masones fueron duramente perseguidos en la zona sublevada, y cuando acabó la guerra, la represión se hizo despiadada. En 1940 Franco promulgó la Ley para la Represión de la Masonería y el Comunismo que fue el instrumento legal para perseguir a los que la dictadura hizo responsables de todos los males de España.
La masonería llegó a Canarias en el siglo XVIII a bordo de los barcos mercantes que tocaban nuestros principales puertos. El primer expediente inquisitorial lo encontramos en 1739; recayó sobre el comerciante de vinos irlandés Alejandro de French, afincado en La Orotava y que al parecer fue iniciado en su práctica masónica en Boston. Pero fue a comienzos del XIX, con la llegada de las ideas revolucionarias desde Francia, cuando se establece la primera logia del Archipiélago. Esta fue fundada en Santa Cruz de Tenerife a finales de 1816 con el pomposo nombre del Soberano Capítulo Metropolitano de Comendadores del Teyde. Su propulsor, el conde de Saint-Laurent, era un aristócrata francés con estrechos vínculos comerciales con destacados miembros de la sociedad santacrucera; personas todas abiertas tanto al libre cambio económico como al de las ideas. Esta primera logia canaria bajo obediencia francesa duró poco, ya que el ambiente absolutista del momento no era el adecuado para que estas asociaciones prosperasen. Con todo, su importancia quedó patente algunos años después, ya durante el Trienio liberal, cuando los diputados canarios elegidos a Cortes en 1821 (Graciliano Afonso, José Murphy y Nicolás Massieu) resultaron ser personajes ligados a la masonería. Pero de nuevo, la restauración del absolutismo fernandino en 1824 dio al traste con cualquier práctica masónica en las Islas.
El verdadero desarrollo de la masonería en Canarias se produce a partir de la revolución de 1868 debido, en un primer momento, al empeño de grupos de hombres pertenecientes a una tímida burguesía urbana (comerciantes, abogados, técnicos y periodistas). Poco a poco, el espectro se fue ampliando y durante la Restauración borbónica, y ya claramente bien entrado el siglo XX, las logias ya aparecen formadas por una mayoría de clase media (artesanos, maestros, sastres, funcionarios, empleados, etc.). Era frecuente en ese momento que personas, casi en exclusividad hombres, con ideas altruistas y con ganas de cambiar un sistema político-social estancado, pertenecieran o fueran simpatizantes de los principios que inspiraban estas asociaciones masónicas, participando en ellas con la misma naturalidad que se hacía en las sociedades literarias o de recreo de la época.
Aunque la masonería estaba ya bien asentada a finales del XIX en la ciudad de Las Palmas, en la isla de La Palma y, en menor medida, en Lanzarote, fue en Santa Cruz de Tenerife donde tuvo mayor empuje. A partir de 1870 comenzaron a aparecer en la capital de Canarias de aquel momento numerosas logias (Teide, número 53; Hijos del Teide, número 94; Nivaria, número 96), todas con claras influencias políticas dentro de las principales corrientes progresistas y republicanas.
En esta coyuntura surge en Santa Cruz la Logia Añaza, el taller masónico más importante de todo el Archipiélago, tanto por su relevancia como por su duración. Fundada el 8 de agosto de 1895, muchos de sus primeros miembros habían pertenecido a otros grupos anteriores o habían sido iniciados en Cuba. Sus componentes, siempre por encima de un centenar, la llevaron a la consecución de ambiciosos proyectos. El más relevante fue la construcción de un gran templo masónico en Santa Cruz de Tenerife con el objetivo de convertirlo en un centro relevante de encuentro y lugar de visita para masones, no ya solo de Canarias sino de otros lugares que llegaran en escalas marítimas.
En mayo de 1899 se realizó un informe para iniciar los trámites de adquisición del solar donde levantar el nuevo templo. El proyecto original del edificio lo presentó en septiembre de 1900 el arquitecto tinerfeño Manuel de Cámara y Cruz. Las obras comenzaron de manera inmediata, y tres años después, en abril de 1903, estaba casi concluido. Se inauguró y consagró, todavía sin estar finalizado del todo, el 24 de septiembre de 1904. La fachada quedó concluida definitivamente en 1923, ya bajo la dirección del arquitecto Otilio Arroyo.
El Templo Masónico de Santa Cruz de Tenerife está inspirado formalmente en el antiguo Templo de Salomón. El arquitecto Manuel de Cámara, que ya había colaborado con el arquitecto masón francés Adolphe Coquet en la construcción de los jardines y mausoleo para el marqués de la Quinta Roja en La Orotava (1882) y en el Gran Hotel Taoro del Puerto de la Cruz (1889), propuso para el templo un excelente diseño de estrictas proporciones y colmado de elementos simbólicos de gran interés, tanto en su interior como en la espectacular fachada de apariencia egipcia.
La edificación cuenta con tres plantas de altura, aunque en el exterior solo aparenta ser de dos. Su asombroso frente principal, que mira hacia la calle San Lucas, se encuentra cerrado por una elegante verja de hierro erigida sobre un muro de piedra basáltica. La fachada se encuentra dividida en tres calles verticales separadas por dos impresionantes columnas de orden gigante con capiteles palmiformes que sostienen un antepecho con alero. El conjunto queda rematado por un llamativo frontón compuesto por un tímpano, donde destaca el Sol Radiante u ojo que todo lo ve, que simboliza la potencia creadora situada en lo más alto y que los masones denominan el Gran Arquitecto del Universo.
Hay variedad de elementos simbólicos en este exterior: la decoración en zigzag en los collarines de los frisos de las columnas representan las aguas y océanos primigenios; las treinta y tres flores de lis de los arquillos simbolizan las cualidades nobles (honor, realeza, pureza, generosidad, etc.). Las llamativas cuatro esfinges, obra del escultor Guzmán Compañ e instaladas a finales de los años veinte en las escalinatas de acceso, son figuras simbólicas que se erigen ahí como guardianas de los misterios que custodia el edificio en su interior.
Dos elementos más que encontramos en el acceso contienen claras alusiones simbólicas. El primero es la puerta de entrada, con sus dos enormes hojas decoradas con motivos iniciáticos enmarcadas por sendas columnas con capiteles palmiformes y coronadas por una estrella de cinco puntas. El segundo, es el interesante sol alado sobre acanto que remata la cornisa del acceso; elemento de origen sumerio que tanto persas como egipcios lo consideraron una deidad asociada al aire.
Ya en el interior del templo nos encontramos, en primer lugar, con un vestíbulo (sala de Pasos Perdidos), sitio de tránsito de una vivencia exterior a una interior. Desde aquí accedemos a la sala de las Tenidas, recinto destinado a la celebración de los rituales. Aquí nos encontramos con un espacio rectangular de una longitud que dobla su anchura, según las proporciones del templo del rey Salomón. Esta sala contaba con un techo decorado en el que quedaba reflejada la bóveda celeste. Eran frescos alegóricos al día y a la noche, como eterna dicotomía masónica entre la luz como símbolo de la sabiduría y el bien, y la oscuridad que representa el mal, la ignorancia y la necedad. Esta dicotomía se presenta también en el ajedrezado del pavimento.
El acceso a la planta superior se realiza mediante una escalera ritual que comienza siendo imperial (con dos tramos simétricos a partir del primer descansillo), para luego complicarse en tramos superiores. Aquí tenemos un nuevo símbolo de aprendizaje: dificultades que se nos pueden presentar en el ascenso vital hacia la inmortalidad.
En el piso superior encontramos la sala de los Banquetes, amplia estancia que discurre a lo largo de toda la fachada y en la que se abren tres grandes ventanales verticales. Aquí también el techo se encontraba decorado con una representación de la bóveda celeste, donde un sol aparecía entre nubes y pequeñas figuras de niños se sostenían en el aire sin alas. Todo el contorno de esta amplia habitación estaba decorado por ilustraciones de veneras y roleos.
Pero tal vez la estancia más enigmática de todas es la subterránea cámara de Reflexiones, a la que se accede por medio de un estrecho túnel abovedado. Este pequeño espacio, realizado en una cueva artificial acondicionada en un tubo volcánico, era el lugar donde los nuevos miembros en su iniciación debían de meditar sobre su vida, su propósito para con los demás y sobre la muerte, redactando un testamento filosófico antes de ser admitidos.
El Templo Masónico de Santa Cruz funcionó como lugar de reunión y reflexión de los masones entre los años 1904 y 1936. En él también se acomodó, a partir de 1909, una escuela de carácter laico (hay que recordar que era el período de apogeo de los colegios religiosos auspiciados por los gobiernos de la Restauración borbónica) en la que se impartían clases nocturnas gratuitas para personas del más bajo espectro social.
Todo cambió con la llegada de la Guerra Civil. El 15 de septiembre de 1936 en la España de Franco se publicaba el primer decreto para ilegalizar y perseguir la masonería. A partir de ahí, el Templo Masónico de Santa Cruz de Tenerife fue incautado y durante décadas estuvo totalmente descontextualizado. Primero fue cedido a la Falange, que lo abrió al público como “lugar de los horrores” durante cierto tiempo previo pago de entrada. Posteriormente pasó a manos del Ejército y albergó la óptica y el depósito militar de farmacia. Más tarde, el enorme edificio, ya sin un mantenimiento adecuado, sufrió un prolongado abandono que casi lo lleva a su ruina total.
El Ayuntamiento adquirió el Templo Masónico en 2001. Seis años más tarde, el Gobierno de Canarias lo declaró Bien de Interés Cultural (BIC), en la categoría de Monumento Histórico. Finalmente, en septiembre de 2022, el Consistorio, tras iniciativa del colectivo de los masones, inició las obras para recuperar el templo con el fin de convertirlo en un lugar de visita que explicara su historia. El 27 de octubre de 2025, después de tres años de trabajos, el Templo Masónico de Santa Cruz quedó abierto como museo, espacio patrimonial y lugar de memoria histórica.
Si quieres saber algo más sobre el tema, te recomendamos consultar los siguientes enlaces:
Busto de Juan Pablo Duarte y Díez
Monumento a Diego Guigou y Costa
Puedes además consultar la siguiente bibliografía de nuestros fondos:
La Gran Logia de Canarias: cien años de masonería en las islas. Santa Cruz de Tenerife; Las Palmas de Gran Canaria: Idea, 2023
Rodríguez Maza, José Manuel. La masonería en La Orotava. La Orotava, Tenerife: LeCanarien, 2013



















