La esencia de los carnavales siempre ha sido la misma, incluso antes de que estas fiestas se llamaran así. Las celebraciones sumerias y egipcias dedicadas a la fertilidad de finales del invierno; las dionisíacas griegas; las fiestas paganas romanas (bacanales, saturnales y lupercales), todas tenían en común el romper las normas sociales, liberar los instintos y transgredir lo establecido, tal como sucede en los carnavales actuales. Por tanto, permanece el fondo, pero las formas sí que han ido cambiando con el paso del tiempo, como comprobamos si cotejamos los carnavales de hoy en día con los descritos en 1806 en su diario personal por el aristócrata tinerfeño Juan Primo de la Guerra, tercer vizconde de Buen Paso.
Y es que el mundo en aquel momento era muy diferente al de hoy en día. Si volvemos la vista atrás, veremos que el comienzo del siglo XIX fue un periodo de grandes cambios en todos los órdenes de la vida. Un tiempo en el que colisionaron las viejas ideas del Antiguo Régimen con las nuevas nacidas de la Revolución francesa. Periodo en el que Napoleón Bonaparte, autoproclamado emperador de Francia dos años antes, imponía su nueva visión política por toda Europa, desmontando estructuras de poder milenarias ante la ineficaz oposición de una serie de caducas monarquías. Solo la aislada y bloqueada Gran Bretaña, gracias a su poderosa flota, resistía ante el empuje imperial francés. Era época de luces y sombras; de guerras totales y avances científicos; de grandes expediciones marítimas y propuestas innovadoras que topaban con un inmovilismo intransigente por parte de viejas estructuras de poder que ahora se tambaleaban.

En España, en aquellos agitados momentos, la monarquía despótica e indolente de Carlos IV estaba en manos del ambicioso y corrupto valido Manuel Godoy. Su timorata política exterior, que seguía los dictados de Napoleón, había llevado al país, en octubre de 1805, al enorme desastre de Trafalgar, batalla naval en la que la marina española había perdido casi toda su flota y, por tanto, su fundamental operatividad de conexión con las preciadas colonias americanas.
Canarias en 1806, apenas nueve años después del fracasado asalto de Nelson a Santa Cruz de Tenerife, mantiene una enorme incertidumbre ante la creciente inestabilidad internacional. Las viejas instituciones isleñas (cabildos, audiencia, sede catedralicia, ejército, etc.) se conservaban activas, junto a las tradicionales estructuras de propiedad y poder concentradas en manos de unas pocas familias privilegiadas. En los principales puertos esta oligarquía se alió, por claros intereses económicos, con la minoría extranjera controladora del tráfico marítimo. De fondo, el conflicto entre las élites de las islas de Tenerife y Gran Canaria por la supremacía política, económica e institucional del Archipiélago. Mientras tanto, los grupos sociales menos favorecidos permanecen en un contexto de índices altísimos de miseria y analfabetismo. Por el contrario, una pequeña parte de la aristocracia isleña se nutre de un espíritu intelectual basado en ideas ilustradas. Esta élite intenta tímidamente, por medio de reuniones (tertulias) e instituciones (Reales Sociedades Económicas de Amigos del País), la reforma y mejora de las condiciones de vida.
Uno de estos tertulianos y apocados reformadores ilustrados fue Juan Primo de la Guerra y del Hoyo (San Cristóbal de La Laguna, 1775-Santa Cruz de Tenerife, 1810), tercer vizconde de Buen Paso. Este aristócrata lagunero, asentado desde comienzos del XIX en el pujante y próspero puerto de Santa Cruz, redactó un diario personal entre 1800 y 1810 en el que consigna interesantes aspectos políticos y sociales de la época. Uno de los acontecimientos que el vizconde refleja con cierto grado de detalle es el carnaval de 1806. Las memorias describen someramente la forma de diversión del estamento social más elevado del Santa Cruz de entonces.
Hace 220 años el Martes de Carnaval cayó un 18 de febrero. Aproximadamente un mes antes de esa fecha, Juan Primo de la Guerra, según entrada del día 14 de enero de su diario, deja constancia de haber puesto su nombre en una suscripción destinada a recaudar fondos para los actos carnavaleros que estaban por llegar. Y es que, a diferencia de hoy en día, las fiestas en aquel momento no estaban subvencionadas por entidades privadas, ni se financiaban con los impuestos; eran las aportaciones particulares de quien podía permitírselo las que aseguraban los festejos. Cada miembro de la alta sociedad de entonces contribuía según su rango; y a la cabeza de los suscriptores se encontraba el comandante general Fernando Cagigal de la Vega y Mac Swing, cuarto marqués de Casa Cagigal.
A partir de la segunda mitad del mes de enero de 1806, el pequeño círculo aristocrático local disfrutó de la celebración de varios bailes dominicales con motivo de la cercanía del carnaval. Estos saraos vespertinos eran una auténtica alteración de la aburrida vida cotidiana de este acomodado círculo social, donde predominaban las apariencias y las refinadas buenas costumbres. Los bailes se celebraron en una casona situada en la calle del Castillo conocida como “de Serrano”, construcción bien alta, [con] cielos rasos y buenas piezas. El edificio contaba en su parte baja con un amplio salón habilitado para baile que, en ocasiones, se transformaba en un pequeño teatro, con su escenario, capaz de acoger variados espectáculos artísticos y de entretenimiento.

El diario del vizconde, en su entrada del día 20 de enero, describe el ambiente de este baile pre-carnavalero con estas palabras:
La sala principal estaba iluminada con arañas de cristal y redomas; se adornaba con cortinas de damasco carmesí y estampas de buenos dibujos, con cristales y molduras. Varias piezas también con luces, en que había mesas de juego y licores. Guardias de soldados en el patio, puerta y escalera; buena música de violines, oboes y otros instrumentos y el número de convidados de cerca de doscientas personas. Hubo contradanza de largo número de parejas y reinaba en la función la buena armonía y la civilidad. Yo estuve en la sala hasta las diez.
Como vemos, en estas reuniones festivas de los domingos se contaba con una espléndida iluminación a base de innovadoras lámparas de arañas de cristal y de cornucopias de influencia francesa; además de buena música interpretada por una pequeña orquesta de cámara. Se jugaba, se bebía y se bailaba. La afluencia siempre fue de lo más concurrida. En una ocasión, el domingo 9 de febrero, nuestro cronista llegó a contar nada menos que noventa y una señoras concurrentes (no se le escapó ni una al muy observador), todas de las familias más destacadas de la sociedad del momento.
Los días grandes de los carnavales de 1806 se desarrollaron entre el jueves 13 y el martes 18 de febrero. Durante esas noches hubo bailes en la casona de la calle del Castillo. La música más interpretada era las contradanzas, baile de figuras que ejecutaban entre un variado número de parejas, mientras quedan sin bailar otras tantas hasta que les tocara su turno. También se practicaba, por danzantes experimentados, el minué, ese baile francés para parejas capaces de ejecutar diversas figuras y mudanzas regladas de antemano.
Además de estas animadas reuniones, a lo largo de las jornadas festivas hubo también otros eventos recreativos. Así, la noche del domingo de Carnaval del 16 de febrero fue representada una comedia de la que nuestro memorialista no nos proporciona título ni autor. La representación tuvo lugar en la casa de otro de los vecinos más acaudalados del lugar, Manuel de Armas, residente en la calle del Norte, hoy Valentín Sanz.
Lo que sí dejó escrito en su diario el vizconde de Buen Paso fue el ambiente libertino y disoluto de la última noche de festejos, la del Martes de Carnaval, cuando los bailes continuaron durante toda la velada hasta las siete de la mañana del día siguiente, miércoles ya de Ceniza. Toda una “amanecida” en la que… el regocijo, la bulla, la alegría y los brindis, hicieron alarde del desenfreno y el escándalo, tal como lo expresó Clavijo y Fajardo, otro ilustrado de la época.
Esta visión aristocrática de la fiesta contrasta con la forma de diversión de la gente del común. En la calle, al aire libre, fuera de los salones, la juerga se desarrollaba de forma diferente. Así, en la plaza de la Pila (hoy Candelaria), bailaban enmascarados alrededor de parrandas; y en la calle del Castillo, por fuera de las mansiones donde se celebraban los bailes distinguidos, grupos de comparsas, entendido el término como personas ataviadas de forma similar con ganas de pasarlo bien, improvisaban números de música popular con letras sarcásticas y picantes.
Deambulaban por vías y plazas grupos de gente sencilla ataviada con brillantes atuendos; predominaban las risas, las conversaciones chispeantes y las miradas provocadoras. (Berthelot).
Era otro carnaval, aunque con las mismas premisas: aprovechar el corto periodo de tiempo en el que la ciudad se transforma, cambiando las rígidas convenciones sociales de la moral por algarabía, mudanza de personalidad y algo de desenfreno. ¿Diferente al actual? Sí. Sin concursos, galas, cabalgatas, cosos… Pero la esencia trasgresora es la misma.
Si quieres saber algo más sobre los carnavales y la época en la que el vizconde de Buen Paso escribió su diario, accede a los siguientes enlaces:
CARNAVAL
- Casa del Carnaval
- El Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria
- Primera estancia en Tenerife (1820-1830)
- Círculo Gallístico
- Parque Recreativo
- Onagra Lorenzo Día
- Plaza de Toros
- Sede de la Afilarmónica Ni Fu-Ni Fa y de la Asociación
- Estatua a D. Enrique González Bethencourt
- El Cubanito
- Cardumen
- Cronista Martín Moreno
- Antiguo Mercado del barrio de La Salud
- Centro Internacional de Ferias y Congresos de Tenerife
- Homenaje a Tom Carby
- Mural homenaje a Isabel Torres
- Somos quienes queramos ser
JUAN PRIMO DE LA GUERRA Y SU ÉPOCA
- Viaje de Jean-Baptiste Bory de Saint-Vincent
- Viaje y descripción de J. G. Milbert
- Fonda Lató
- Expedición Balmis
- Naufragio en Anaga
- Fuente de los Caballos
- Meteorito sobre Santa Cruz
- Casa natal de José Murphy
- «Teatrillo» de la casa de Serrano
- Casa solariega de la calle de la Caleta
- Nevería Aspala
- Epidemia de fiebre amarilla
- Cementerio de San Rafael y San Roque












