La figura de Manuel de Oraá y Arcocha (Burgos, 2 de enero de 1822-Santa Cruz de Tenerife, 2 de febrero de 1889) es clave para entender la historia de la arquitectura contemporánea en Canarias. Como primer arquitecto titulado que trabajó en las Islas, estableció aquí los fundamentos de su profesión, con claras directrices sobre sus competencias exclusivas otorgadas por su cualificación profesional.
Oraá fue autor de obras tan significativas como el Teatro Guimerá, la actual sede del Parlamento de Canarias o la Plaza del Príncipe en Santa Cruz de Tenerife, y tuvo una marcada participación en el diseño y factura del Mercado de Vegueta de Las Palmas de Gran Canaria. Con sus trabajos introdujo una nueva cultura estética dominada por un clasicismo académico basado en la sobriedad en el detalle, lo funcional en el diseño y la elegancia en las formas. Esto lo combinó con diversos aspectos vernáculos, sobre todo en el uso de los materiales como la piedra y la madera, complaciendo así el gusto de las élites locales que encontraron dignidad y prestancia para sus nuevas construcciones tanto públicas como privadas.
También aportó los fundamentos para la configuración de nuevos esquemas urbanísticos en las principales ciudades del Archipiélago, redactando ordenanzas municipales, reordenando sectores con nuevas edificaciones de carácter público (teatros, mercados, plazas), alineando calles, nivelando pendientes y uniendo diferentes zonas mediante la construcción de puentes sobre barrancos que hasta entonces parecían insalvables. Por todo ello, su llegada como arquitecto titulado en 1847 supuso un punto de inflexión en el panorama constructivo isleño.

Manuel de Oraá y Arcocha había nacido en Burgos el 2 de enero de 1822 en el seno de una familia de arraigadas ideas tradicionales que marcarían toda su vida. Excelente dibujante y destacado en matemáticas, entre 1842 y 1846 estudió arquitectura en la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Al año siguiente fue destinado a las islas Canarias como arquitecto municipal de Santa Cruz de Tenerife. Su primer trabajo fue proyectar sobre las antiguas ruinas del convento dominico recientemente desamortizado de la capital tinerfeña, dos importantes inmuebles de carácter municipal: un mercado (Recova Vieja) y un teatro (Guimerá). Años más tarde, en el otro extremo de la ciudad y sobre otro bien desamortizado, ahora la huerta del convento franciscano, volvió a reordenar todo un cuadrante urbano con la construcción de la Plaza del Príncipe, uno de los espacios, todavía a día de hoy, de mayor calidad ambiental de Santa Cruz de Tenerife.

En 1851 visitó la ciudad de Las Palmas, donde el maestro de obras Francisco de la Torre, el funcionario de obras públicas Domingo Garayzábal y el artista Manuel Ponce de León, estaban desarrollando una interesante labor arquitectónica y urbanística. Oraá llegó a la ciudad grancanaria con un proyecto bajo el brazo: un hospital para enfermos elefancíacos que nunca se llegó a construir. Años más tarde, ya como arquitecto provincial, trabajó en el edificio del Ayuntamiento, llegó a levantar un plano del estado de la fachada de la Catedral, proyectó el Mercado de Vegueta, además de un matadero municipal adjunto, y amplió y reformó el Hospital de San Martín. Bajo su dirección se acometieron diversas alineaciones viarias (calles Muro, La Gloria y Los Remedios), siendo artífice de la construcción del Puente de Palo sobre el Guiniguada. Proyectó también viviendas para la burguesía local (Casa Grondona) e intervino en la reedificación de algunas otras. Tuvo además ideas para la realización de una cárcel y un teatro municipal en la ciudad de Las Palmas; proyectos que no se materializaron.

Manuel de Oraá se integró en el estrato más alto de la sociedad canaria con enorme facilidad. Aquí se casó tres años después de su llegada con Cándida de Cólogan, joven perteneciente a una rica familia del norte de Tenerife; aquí nacieron sus tres hijos; y aquí ayudó a fundar en 1850 la Academia de Bellas Artes de Canarias. Llegó a ser Arquitecto Provincial y miembro de la Junta de Sanidad. Sin duda, fue una personalidad destacada de la sociedad isleña.
Pero tras quince años de estancia en Canarias, el arquitecto decide en 1862 trasladarse definitivamente a la Península. Su intención era prosperar profesional, económica y políticamente en los centros de poder de aquella España convulsa de finales del reinado de Isabel II. En ninguno de sus propósitos alcanzaría el éxito deseado. En lo profesional, Oraá apenas redactó algún proyecto durante su estancia en la Península y su actividad como arquitecto de distrito en Madrid fue irrelevante. En cuanto a sus negocios, las cosas fueron de mal en peor tras una serie de inversiones ruinosas en el volátil e incipiente sistema capitalista que se empezaba a fraguar; y por si esto fuera poco, sus fuertes convicciones políticas lo llevaron a enrolarse en el sublevado ejército carlista (donde llegaría ser Coronel de Ingenieros) que perdería de forma humillante la tercera guerra carlista en 1876. Derrotado y arruinado, al arquitecto no le quedó otra alternativa que exiliarse en San Juan de Luz, en el sur de Francia. Desde ahí decidió regresar a Canarias al resguardo de su familia política.

Tras su retorno a las Islas en 1877 y hasta su muerte, doce años más tarde, Manuel de Oraá mantuvo una intensa actividad laboral. Rehabilitado en su profesión, se dedicó sin descanso a proyectar magníficos edificios institucionales (Ayuntamiento de La Orotava, 1881), suntuosas sedes sociales (Sociedad Filarmónica Santa Cecilia, actual Parlamento de Canarias, 1883), y numerosas viviendas particulares para la alta burguesía, muchas de ellas hoy lamentablemente desaparecidas.

Manuel de Oraá murió en Santa Cruz de Tenerife el 2 de febrero de 1889 a la edad de sesenta y siete años. Su prestigio profesional en Canarias llegó a ser enorme y aunque su huella fue desdibujándose con el paso de los años, el legado arquitectónico que nos ha dejado, a pesar de algunas lamentables desapariciones, es de una importancia incuestionable. Su aporte a la regulación profesional, sus cuidadosas ordenanzas municipales y su elegante forma de construir, marcaron claramente los derroteros de la arquitectura canaria durante buena parte de la segunda mitad del siglo XIX.

Si quieres conocer algo más sobre las obras de este primer arquitecto titulado que trabajó en Canarias, te invitamos a visitar los siguientes enlaces:
Las Palmas:
Santa Cruz de Tenerife:








