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lunes, 20 abril 2026 / Published in Noticias, Puntos de Interés

La primera visita real

La llegada del rey Alfonso XIII a Canarias en la primavera de 1906 supuso un acontecimiento histórico sin precedentes en la historia del Archipiélago. Era la primera vez que un monarca español visitaba las Islas, un hecho que levantó una enorme expectación. El Rey estuvo en Canarias alrededor de una semana y media (del 26 de marzo al 5 de abril de 1906). Durante ese período, con un tiempo atmosférico complicado (aguaceros y mala mar), el monarca visitó cada una de las islas. Su máximo empeño era conocer de primera mano la situación del Archipiélago y, a la vez, reafirmar la soberanía española de Canarias tras la pérdida de las últimas posesiones de ultramar, en una coyuntura histórica en la que se evidenciaba una imparable carrera de las potencias europeas por explotar sus valiosas colonias africanas.

Alfonso XIII encontró en Canarias un territorio olvidado, desatendido por parte del Gobierno de la nación y plagado de problemas: división de intereses políticos entre las clases dirigentes, lucha hegemónica entre las islas capitalinas, una agricultura cuya producción carecía de una salida comercial rentable, un comercio desestructurado y una industria casi inexistente. En lo social, la población isleña prácticamente vivía en la pobreza y mostraba un alto índice de analfabetismo, a excepción de una pequeña clase acomodada propietaria de la tierra que controlaba un tímido comercio exterior en connivencia con agentes extranjeros. A esto habría que añadir el secular atraso en infraestructuras básicas (puertos y carreteras), el lamentable estado de las comunicaciones con la Península y la deficiente situación en aspectos sanitarios y educativos. El panorama era desolador.

Canarias vio en la visita real un rayo de esperanza para salir del hoyo en el que se encontraba. Confiaba que sus quejas y demandas fueran atendidas por un joven y prometedor monarca que, a punto de cumplir los veinte años, parecía interesado en conocer en profundidad su país. Un rey «moderno» preocupado por los problemas sociales, las obras públicas, el comercio, la cultura y los aspectos relacionados con el turismo y el deporte. Era lógico que en las Islas se viviera con ilusión esta visita histórica de la que mucho se podía esperar.

Alfonso XIII en 1906 (foto: El Confidencial)

El viaje a Canarias de Alfonso XIII estuvo programado desde el mismo momento en que asumió personalmente la Corona al cumplir los dieciséis años de edad, en 1902; pero no sería hasta 1906 cuando por fin se hizo realidad. El año anterior, el ministro de Marina del momento, Eduardo Cobián, se había trasladado a las Islas (primer miembro de un gobierno español en hacerlo) con el objetivo de preparar la visita real.

El monarca llegó a Canarias acompañado por su hermana, la Infanta María Teresa y su esposo, el Infante Fernando María de Baviera. En un principio estuvo previsto que se uniera el presidente del Consejo de Ministros, Segismundo Moret, pero por diferentes motivos al final no pudo realizar el viaje. Vinieron en su lugar el influyente Ministro de la Gobernación, Álvaro de Figueroa, Conde de Romanones, junto a dos ministros más: el de Marina, Víctor María Concas; y el de Guerra, Agustín Luque. Además, el cortejo también estuvo formado por otros miembros de la Casa Real, políticos (locales y peninsulares), altos funcionarios, asistentes de todo tipo y un gran número de periodistas.

El viaje real se inició el 23 de marzo de 1906 con la partida de la comitiva en un tren especial desde Madrid a Cádiz. Allí embarcaron al día siguiente en el vapor de la Compañía Trasatlántica Alfonso XII, restaurado y acomodado para la ocasión. Este buque fue escoltado por varias unidades de la Armada y por el yate Giralda, embarcación encargada del transporte de parte del séquito y de una amplia representación de periodistas. La escuadra llegó dos días después a la Punta de Anaga, marcada por su faro.

La entrada de la flota real en el puerto de Santa Cruz de Tenerife se produjo a las 9:30 horas de la mañana del 26 de marzo de 1906. La ciudad, de unos 40.000 habitantes aproximadamente, conoció la noticia con antelación gracias a las palomas mensajeras que habían sido soltadas desde el buque real tiempo antes. La bahía se encontraba engalanada con arcos de triunfo de flores. La flota fue saludada con las veintiuna salvas de ordenanzas reglamentarias disparadas desde el fuerte de Almeida. La comitiva fue cumplimentada a bordo por las autoridades locales, con el alcalde Pedro Schwartz a la cabeza. Alfonso XIII se trasladó a tierra en medio de repiques de campanas, sirenas de barcos y una incesante lluvia de cohetes. Tomó tierra en el desembarcadero, a la vera de la Farola del Mar; allí se había instalado un magnífico templete de catorce metros de altura de base octogonal al que se accedía por una amplia escalera. Este efímero pabellón, diseñado por el arquitecto Mariano Estanga, contaba con una cúpula donde quedaban reflejados los escudos de España y Santa Cruz. Doce tapices, decorados por los artistas locales Pedro Tarquis y Manuel López Ruiz, cerraban los flancos de este templete cubierto por un gran manto y rematado por una corona real.

Desembarco en Santa Cruz de Tenerife (foto: FEDAC)

Desde el muelle la comitiva se trasladó en seis carruajes hacia la iglesia matriz. Recorrieron, entre aclamaciones del numeroso público, la rambla de Ravenet, el costado norte de la plaza de la Constitución, las calles Cruz Verde, Imeldo Serís, Candelaria y Noria. En la iglesia de la Concepción, el Rey fue recibido por el obispo Nicolás Rey Redondo. La entrada fue bajo palio y se interpretó, por la Sociedad Filarmónica, un Te Deum. A la salida hubo representación de un arco y trapecio humano llevada a cabo por un grupo de jóvenes de la sociedad cultural “Salón Frégoli”, grupo que tanto impacto causó en la comitiva que sería invitado a los festejos de la próxima boda del Rey con la princesa británica Victoria Eugenia de Battenberg, a celebrar el 31 de mayo de ese año.

A continuación, la comitiva se desplazó por la calle del Castillo (a la que se le cambió el nombre por Alfonso XIII) hasta Capitanía General, donde el Rey pasó revista a las tropas y presenció un desfile militar. Luego salió al balcón del edificio a saludar al gentío y, más tarde, asistió a una recepción con las autoridades. Era el momento de presentarle las numerosas demandas: desaparición de trabas para el comercio, establecimientos oficiales de enseñanza superior y profesional, cesión del castillo de San Cristóbal al Ayuntamiento para ordenar la entrada a la ciudad desde el puerto, establecimiento de una Audiencia Provincial, ampliación del puerto, terminación de la carretera a Taganana y súplica para que su futura esposa fuera la presidenta honoraria del proyectado asilo dedicado a la educación y cuidado de niños pobres.

En Capitanía (foto: Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife)

A las cinco de la tarde, tras un breve descanso, el Rey se dirigió a la Plaza de Toros, donde tuvo lugar una fiesta regional con elementos típicos y productos de la tierra. A su término, visitaron el flamante Hotel Quisisana, desde donde apreciaron las magníficas vistas de la ciudad. Luego se dirigieron hacia la Diputación Provincial, con banquete en presencia de comerciantes, prensa y estudiantes; grupos que expusieron sus demandas. El último acto de este ajetreado día en Santa Cruz fue un agasajo en el Casino Principal, donde se había organizado una recepción y baile. El monarca y los infantes se asomaron a uno de los balcones de la sociedad para saludar al gentío que se agolpaba en la plaza de la Candelaria. De aquí se trasladaron al buque Alfonso XII para pasar su primera noche en la bahía santacrucera.

Al día siguiente, 27 de marzo, la comitiva se trasladó en tranvía a La Laguna. Allí visitaron, en primer lugar, el Santísimo Cristo, luego el Instituto Provincial, más tarde el Palacio Episcopal (donde se realizó un almuerzo), el Ayuntamiento y la congregación de las Asuncionistas de San Diego del Monte, en las afueras de la ciudad.

En San Diego, La Laguna (foto: FEDAC)

Por la tarde, la comitiva volvió Santa Cruz donde el Rey pasaría revista a los cuarteles de Artillería, San Carlos y Almeida, la Comandancia de Ingenieros y la batería de San Francisco. Por su parte, la Infanta y sus acompañantes visitaron el “Hospitalito”, el Asilo de Nuestra Señora de los Desamparados y el Hospital Civil. Más tarde, toda la comitiva se trasladó a la sede del Club Tinerfeño (Club Náutico) para presenciar las regatas allí programadas. Ya por la noche, el monarca y su séquito visitaron el Teatro Principal, donde tuvo lugar un banquete organizado por los Cosecheros y Exportadores de Tenerife. El evento fue amenizado por la orquesta del Círculo de Amistad XII Enero; todo en medio de un ambiente decorado con motivos alusivos a la agricultura canaria. En esta cena se pudo apreciar una patente tensión de claro signo político entre partidarios de diferentes tendencias y partidos. El Rey se retiró pronto a su buque, dando así fin al segundo día de estancia en la isla.

Cena y recepción (foto: Gastronomía)

El día 28 de marzo la comitiva real se desplazó hacia el norte de Tenerife. Llegaron en tranvía hasta Tacoronte y desde allí en carruajes hacia el valle de La Orotava. Pudieron observar con sus propios ojos y padecer en sus propias carnes las dificultades orográficas, la falta de buenos caminos y de puentes adecuados que salvaran los pronunciados barrancos de la zona (de aquí surgió el Puente Hierro o de Alfonso XIII que conecta los municipios de La Victoria y Santa Úrsula). Ya en el Valle, visitaron empaquetadoras de plátanos para la exportación, y en el Puerto de la Cruz conocieron el Jardín Botánico, el Hotel Tahoro (en aquel momento denominado Grand Hotel Humboldt-Kurhaus), donde comprobaron el auge del incipiente turismo. Subieron a La Orotava; allí recorrieron sus calles alfombradas con flores para visitar la iglesia de la Concepción y el Ayuntamiento. Al anochecer se emprendió regreso hacia Santa Cruz, a donde llegaron para su descanso cerca de las once de la noche.

En La Orotava (foto: Efeméride)

La última jornada de estancia en la isla de Tenerife fue la del 29 de marzo. Comenzó con una Jura de Bandera de unos trescientos reclutas en unos terrenos próximos a Capitanía General, ubicados donde hoy se levanta la Jefatura de Asuntos Económicos del Ejército. De ahí, Avenida 25 de Julio arriba, se adentraron en un barrio de los Hoteles en plena construcción. Llegaron a lo que luego se convertiría en la Plaza de los Patos; aquí el Rey colocó la primera piedra de un monumento dedicado a la memoria de Leopoldo O`Donell, Duque de Tetuán, primer y único jefe de gobierno español nacido en la ciudad. El monumento nunca se llegó a instalar en ese lugar. Posteriormente el monarca regresó al muelle en coche, subiendo a bordo del Alfonso XII, donde tuvo lugar una recepción de despedida con banquete y baile para trescientas personas.

La flota partió del puerto de Santa Cruz de Tenerife al atardecer de ese día 29 de marzo. Su destino era Santa Cruz de La Palma, pero el temporal de gruesa mar y la imposibilidad de recalar en condiciones en el puerto palmero obligó a la expedición, en plena noche, a poner rumbo hacia Las Palmas de Gran Canaria, donde se esperaba al Rey con ilusión, aunque no tan pronto.

La flota real llegó a Las Palmas de Gran Canaria a las cuatro de la tarde del 30 de marzo de 1906, dos días antes de lo previsto. El ministro de la Gobernación (Romanones) y el de Marina (Concas), desembarcaron para reunirse con el alcalde Ambrosio Hurtado de Mendoza con el objetivo de perfilar el programa de actos. La llegada con antelación produjo que esa misma noche se trabajara en la ciudad sin descanso para tener todo a punto para el desembarco real del día siguiente. Este, por fin, se produjo a las once y media de la mañana del día 31 de marzo.

Desembarco en Las Palmas (foto: Alfoso XIII en Canarias)

La ciudad de Las Palmas contaba con unos cuarenta y cinco mil habitantes en aquellos momentos. El entusiasmo de la población para recibir al Rey fue desde el primer momento extraordinario. La comitiva, una vez desembarcada en el engalanado muelle de Santa Catalina, se trasladó en coches de caballo hasta la Catedral, atravesando un enorme arco instalado a la entrada de Triana.

Arco en Triana (foto: FEDAC)

En el templo oyeron el Te Deum oficiado por el obispo José Cueto. Desde la Catedral se dirigieron al Ayuntamiento, donde el Rey salió al balcón a saludar a la multitud concentrada en la plaza de Santa Ana. Tras la recepción ofrecida en el Salón Dorado de las Casas Consistoriales y haber descubierto una placa conmemorativa, la comitiva se dirigió al Museo Canario, quedando el monarca sorprendido y admirado por la colección de piezas allí custodiadas. De vuelta al Ayuntamiento, se le ofreció un almuerzo y más tarde marcharon hacia el Palacio Episcopal, lugar que sería su residencia durante la estancia en Gran Canaria. A las cuatro y media salieron hacia el Hotel Santa Catalina para asistir al Garden Party que la importante colonia inglesa de la ciudad le había preparado: concierto, lucha canaria, partido de tenis y para finalizar un té.

Homenaje de la colonia inglesa (foto: FEDAC)

Más tarde el Rey visitaría los cuarteles de Artillería, Caballería, Ingenieros e Infantería de la plaza. Por la noche, función de gala en el Teatro Pérez Galdós, donde la compañía dramática Jiménez-Morano representó las obras Amor y Ciencia de Galdós, Tierra Baja de Guimerá y Tan cerca y tan lejos de los hermanos Millares. El día finalizó con una exhibición pirotécnica que fue vista por los invitados desde el balcón del Palacio Episcopal.

Al día siguiente, primero de abril, los actos comenzaron con una Jura de Bandera en el Parque de San Telmo, visitando a continuación, con el Rey a caballo, varias instalaciones militares de La Isleta. Mientras tanto, la Infanta y sus acompañantes se presentaron en varios establecimientos benéficos y colocaron la primera piedra de lo que sería el Asilo para niños pobres. Luego, toda la comitiva se trasladó al Hotel Santa Brígida, donde se sirvió un almuerzo, para después seguir viaje y alcanzar, bajo un tiempo borrascoso, la localidad de Santa Brígida y la Vega de San Mateo. De regreso a Las Palmas, a bordo del buque real Alfonso XII, se celebró una recepción con presencia de autoridades y diversas representaciones sociales. La velada finalizó con baile de etiqueta. A pesar del mal tiempo imperante esa noche, en lo alto de la montaña de la Isleta se podía divisar un letrero formado por lámparas de doble mechero en el que se leía «VIVA EL REY”. El ambiente era festivo en todos los rincones de la ciudad.

En el tercer y último día de Alfonso XIII en Gran Canaria, 2 de abril, estaba prevista la visita a la ciudad de Arucas, pero la comitiva no se movió de Las Palmas. Al comenzar la tarde, ya con mejor tiempo, la Familia Real asistió a una “batalla de flores” desde una tribuna emplazada frente al palacio del Gobierno Militar de la calle de Triana. Carrozas y coches engalanados desfilaron delante del monarca al tiempo que flores, serpentinas y confetis eran lanzados entre aclamaciones. Al parecer, todo el mundo se lo pasó muy bien.

Foto: FEDAC

A las ocho y media, el Rey asistió a un banquete de despedida en el Ayuntamiento con menú preparado por el Hotel Metropole. A su término, se presenció la exhibición de fuegos artificiales desde los balcones del edificio municipal. Una de las piezas quemadas en cascada y situadas en una cornisa de la Catedral representaba un escudo con la inscripción: «VIVA SU MAJESTAD EL REY». La comitiva, en su recorrido de despedida desde el Palacio Episcopal hasta el muelle, fue vitoreada por gente de toda condición social. A medianoche, la flota real zarpó del puerto con destino la isla de La Palma.

El 3 de abril, el Rey y sus acompañantes pasaron todo el día en la Isla Bonita. En Santa Cruz de La Palma, con una población aproximada en esos momentos de 7.500 habitantes, visitaron la iglesia de El Salvador, el Ayuntamiento y una exposición de productos agrícolas en el mercado. Luego se acercaron a la Sociedad Cosmológica, donde contemplaron su colección de piezas etnográficas, de historia natural y su biblioteca. De ahí pasaron al Circo de Marte, donde hubo pelea de gallos; luego, al Nuevo Club o Club Náutico, donde se sirvió un ligero almuerzo. Finalmente la comitiva se dirigió al cuartel de San Francisco. A las tres de la mañana la flota partió para El Hierro.

S/C de La Palma engalanada para recibir al Rey (foto: BienMeSabe)

En la mañana del 4 de abril, con un estado del mar muy complicado, el Rey desembarcó con enorme dificultad en el pequeño refugio pesquero herreño de La Estaca. Allí se habían preparado veinte caballos para subir a toda la comitiva hasta Valverde. La capital de la isla había sido engalanada para la ocasión, pero el mal estado del camino y las inclemencias del tiempo desaconsejaron la ascensión. Allí mismo, al borde del mar, el alcalde y el párroco de Valverde le expusieron al monarca las enormes necesidades de la isla (puerto, carreteras, escuelas, hospitales, depósitos de agua, etc.). Se tomó nota y, como luego se pudo comprobar, poco se hizo.

El Rey en la costa herreña (foto: Alfonso XIII en Canarias)

La flota partió seguidamente hacia La Gomera, a donde llegaron a las cuatro de la tarde de ese 4 de abril. Allí se encontraron, de nuevo, con grandes dificultades para el desembarco que el Rey efectuó a hombros de varios marineros. Visitó en la villa de San Sebastián la iglesia parroquial de Nuestra señora de la Asunción y el Ayuntamiento. Fue una estancia breve, ya que antes de anochecer zarparon rumbo a Fuerteventura.

En la mañana del 5 de abril llegó el monarca a Puerto Cabras. Aquí, con mejor tiempo, se les dio un entusiasta recibimiento. Tras visitar la iglesia parroquial, la comitiva presenció una cabalgata de camellos montados por mujeres. Luego visitó los cuarteles y el Ayuntamiento. A mediodía partieron para Lanzarote.

Las calles de Arrecife se habían engalanado para recibir ese mediodía a la comitiva real. Mismo protocolo que en las otras islas: visita a la iglesia principal, ayuntamiento, cuarteles y establecimientos benéficos. Aquí el Rey inauguró unos depósitos de agua localizados a las afueras de la población y a los que se trasladó montado en camello. De vuelta, la flota zarpó definitivamente rumbo a la Península. Eran las cuatro y media de la tarde de ese 5 de abril de 1906. El viaje real a Canarias había terminado.

A camello en Lanzarote (foto: ULPG)

Fueron diez días muy intensos. Como resumen podemos decir que Alfonso XIII fue acogido en todo momento con enorme entusiasmo y buena disposición tanto por autoridades como por la gente común. Por supuesto que hubo excepciones: republicanos y otras fuerzas políticas antimonárquicas dejaron clara su visión contraria a la visita. Se criticó, entre otros aspectos, tanto el excesivo gasto en los agasajos como que solo se le enseñara una realidad falseada.

El monarca y los miembros de su gobierno llegaron a Canarias imbuidos en esos aires regeneracionistas de principios del siglo XX. Alfonso XIII vio, de manera superficial pero directa, la cruda realidad insular. Volvió a Madrid satisfecho por la fidelidad de los canarios, pero también se llevó para allá una interminable lista de peticiones y reivindicaciones de las que muy pocas se satisficieron: algún indulto, construcción de un puente entre La Victoria y Santa Úrsula, instalación de una granja agrícola, entrega del castillo de San Cristóbal a la ciudad de Santa Cruz y poca cosa más. Las promesas cumplidas fueron claramente insuficientes, por lo que podemos concluir que la primera visita de un rey a Canarias se nos presenta como un relevante hecho histórico de escasa trascendencia.

Si quieres saber algo más sobre los lugares consignados en el texto y marcados en rojo, solo tienes que clicar sobre ellos.

Por otro lado, si quieres saber algo más sobre esta primera vista real a Canarias te recomendamos consultar la siguiente bibliografía:

Alfonso XIII en La Palma: centenario de la concesión del título «Real» a la Sociedad Nuevo Club. Manuel Poggio Capote y Víctor J. Hernández Correa, editores. Santa Cruz de La Palma: Real Nuevo Club Náutico de Santa Cruz de La Palma, 2006

Melián González, María Elsa. Alfonso XIII en Canarias: el debate socio-político que dio origen a los Cabildos. La Laguna: Centro de la Cultura Popular Canaria; Canarias: Dirección General de Patrimonio Histórico, 2004

Paseo nocturno por la vieja ciudad: 100 años de la visita de Alfonso XIII. Miguel Rodríguez Díaz de Quintana [et al.]. Las Palmas de Gran Canaria: Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, 2006

Reportaje de la historia: La visita de Alfonso XIII a Canarias [exposición]. Textos, Pablo Domingo Torres Ramos, Antonio Luque Hernández, A. Sebastián Hernández Gutiérrez.–La Orotava: Ayuntamiento de La Villa de La Orotava, 2006

Pérez Lorenzo, Gonzalo. Alfonso XIII en Santa Cruz de La Palma: visita regia a Canarias en 1906. Santa Cruz de La Palma: Cartas Diferentes, 2025

Soriano y Benítez de Lugo, Alfonso. Cien años de la primera visita regia a Canarias. Las Palmas de Gran Canaria: Fundación Mapfre Guanarteme, 2006

 

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Tagged under: monarquía, realeza, Alfonso XIII, visita real

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