Santa Cruz de Tenerife fue hasta comienzos del siglo XX una ciudad extremadamente fortificada e inexpugnable. Lo fue gracias a una complicada orografía costera y a una completa red de estaciones militares defensivas que a lo largo de siglos actuaron con esmerada eficacia y contundencia ante los continuos ataques de potentes flotas extranjeras. Estaciones de vigía, castillos, fortalezas, torres, murallas, baluartes, baterías y reductos, formaron parte hasta hace relativamente poco del paisaje urbano de Santa Cruz. Hoy poco queda de todo esto. Y es una pena, porque la ciudad podría haber contado con un extraordinario patrimonio militar defensivo, hoy prácticamente desaparecido, estrechamente ligado a nuestro devenir histórico.
La función como plaza fuerte de Santa Cruz es anterior a su relevancia como centro de poder económico o político. Antes de que Alonso Fernández de Lugo comenzara la campaña militar para la conquista de Tenerife, ya se había levantado una torre defensiva en las costas de Añazo. La mandó a construir a mediados de la década de 1460 Diego García de Herrera, marido de Inés Peraza, señora (a título nominal) de las Islas en aquel momento. Esta improvisada fortaleza, que pronto desapareció, fue el primer vestigio arquitectónico europeo en la zona. Desde entonces y hasta mediados del siglo XX, el litoral de la bahía fue paulatinamente ocupado por una sucesión de instalaciones defensivas que convirtieron a Santa Cruz, con el paso de los siglos, en la mayor plaza fortificada de Canarias.

A comienzos del siglo XVI Santa Cruz no era más que un pequeño caserío que servía de entrada y salida a la principal ciudad de la Isla: La Laguna. Las amenazas en ese momento eran los piratas franceses y berberiscos, por lo que en un primer momento se instaló en un lugar cercano al puerto una endeble torre defensiva (Cubilete Viejo). Algo más tarde se añadió un pequeño baluarte situado en la zona de desembarque (Caleta). Por último, ante la ineficacia de los elementos anteriores, se levantó una primera fortaleza que desde muy pronto se pudo comprobar su mala ubicación y por tanto su poca efectividad.
Durante la segunda mitad del XVI las relaciones internacionales de la monarquía de Felipe II se fueron complicando cada vez más. Como consecuencia, a partir de 1571 arribaron a las Islas una sucesión de ingenieros militares (Amoedo, Rubián, Torriani y Casola) dispuestos a diseñar un plan defensivo para el Archipiélago ante las crecientes amenazas exteriores. Surgió entonces la idea de levantar la fortaleza militar más importante con la que ha contado Santa Cruz a lo largo de toda su historia: el castillo de San Cristóbal que, artillado en 1577, se mantuvo en pie hasta su demolición a finales de la década de 1920, participando en todos los hechos bélicos acaecidos en Santa Cruz.
Los técnicos militares de finales del XVI dejaron claras las líneas maestras para la defensa del litoral santacrucero: instalar, además del citado castillo de San Cristóbal situado en el centro de la bahía, dos fortalezas más en ambos flancos de la población: por el norte, Paso Alto; y por el sur, San Juan. Hacia el interior, como contención y en caso de que tropas invasoras lograran traspasar las defensas costeras, se erigirían dos puestos defensivos a la altura de La Cuesta que protegerían el camino hacia La Laguna.
Ya en el siglo XVII, con la Monarquía Hispánica en continuo conflicto con variadas potencias europeas, se procedió a amurallar todo el perímetro costero de Santa Cruz desde San Telmo por el sur hasta Paso Alto por el norte. A lo largo de esta larga muralla asomaban, de tramo en tramo, algunos fortines (San Miguel, Nuestra Señora de la Candelaria, San Pedro) y nuevas baterías costeras (San Antonio, Calvario, Roncadores, Nuestra Señora de la Concepción, San Telmo, Valleseco, Bufadero, Nuestra Señora del Rosario y Nuestra Señora de la Regla). La efectividad de esta red defensiva quedó patente en el contundente rechazo al ataque de la flota inglesa comandada por Robert Blake en la primavera de 1657. Fue la primera gran puesta a prueba de las defensas de Santa Cruz ante un poderoso enemigo.

La segunda prueba se produjo casi cincuenta años después, a comienzos del siglo XVIII, en plena guerra de sucesión española. Santa Cruz en aquel entonces comenzaba a constituirse en un activo nudo del tráfico marítimo de esta parte del Atlántico, y por ello las amenazas pronto se hicieron realidad. Un nuevo ataque inglés, esta vez de la mano del contralmirante John Jennings, fue rechazado en el otoño de 1706.
A medida que el siglo XVIII avanzaba, el conflicto con los ingleses se cronificó. Las Islas vivieron entonces bajo una constante amenaza. Fue por ello que a mediados de siglo, bajo las órdenes del comandante general Andrés Bonito y Pignatelli, un nuevo plantel de ingenieros militares arribó a las Islas con el objeto de redactar un ambicioso plan de defensa para toda Canarias. Técnicos como Antonio Riviere, Francisco La Pierre, José de Andonaegui y Manuel Hernández, todos con una esmerada formación ilustrada, colaboraron en dicho plan. Las consecuencias en Santa Cruz pronto se hicieron notar. Se reformaron antiguas construcciones y surgieron otras nuevas, como fue el caso de las baterías Santa Isabel, Nuestra Señora del Pilar y la situada en el martillo del nuevo muelle (instalada en su extremo más saliente hacia el mar); además, se construyó un primer almacén para pólvora, luego sustituido por otro mayor. También se instalaron nuevas baterías en los flancos de la población: por el sur, aparecieron las de Barranco Hondo, Cruces y Lazareto; y por el norte, el castillo de San Andrés, la batería de improvisada de La Altura, y una escuela para prácticas de tiro artillero situada en la base de dicha montaña; además de las baterías de Santa Teresa en Tahodio, y San Rafael y Santiago, ambas en la Huerta de los Melones (actual Almeyda). El centro de la población también se reforzó con la instalación de dos nuevos fortines en las desembocaduras de los barrancos más importantes: Barranquillo y Santos.
A finales del siglo XVIII Santa Cruz se encontraba protegida por nada menos que una quincena de instalaciones fortificadas artilladas con 84 piezas. En esta situación, la ciudad acometió el desafío más importante desde el punto de vista bélico al que jamás se había enfrentado: el ataque de la flota inglesa comanda por Nelson en el verano de 1797; y lo solventó con un rotundo éxito.
Muchas de las descripciones representadas en grabados, dibujos y pinturas de la primera mitad del siglo XIX que han llegado hasta nosotros, nos ofrecen una visión singular de la ciudad vista desde el mar: junto a los campanarios de las iglesias, destacan, de manera primordial, los principales castillos y baterías. Queda claro que para cualquier visitante de aquella época la población poseía un marcado carácter de plaza fuerte marítima muy bien defendida.

Durante el siglo XIX los peligros de invasión decaen, pero esto no fue motivo para que Santa Cruz descuidara su vigilancia. La instalación defensiva más importante erigida durante este período fue el cuartel de Almeyda, recinto con una capacidad artillera puesta al día en un siglo de grandes avances y progresos.
Tras años de tranquilidad, a finales del XIX vuelve la amenaza bélica. Canarias se había convertido de la noche a la mañana en la avanzada frontera atlántica de una España que acababa de perder sus últimas colonias a manos de los EE.UU. De forma repentina, las autoridades se vieron obligadas a proteger militarmente el Archipiélago ante un posible ataque norteamericano. Ante esta coyuntura, Santa Cruz se vuelven a artillar con nuevas baterías costeras, sobre todo en su flanco más débil: el sur. Se acondiciona la antigua batería de San Francisco (hoy en ruinas) y aparecen, en terrenos que luego ocupará la Refinería, las nuevas de María Cristina, San Carlos y Alfonso XIII. En el flanco norte, mejor protegido, se instaló la nueva batería del Bufadero y otra con el nombre de La Cortina.
En las primeras décadas del siglo XX, con una situación internacional mucho más estable, la titularidad de las viejas fortificaciones fue paulatinamente pasando del ámbito militar al civil. Para entonces, la actividad portuaria se había desarrollado de una manera extraordinaria con el auge de la navegación a vapor, la expansión colonial de las potencias europeas cuyas flotas recalaban aquí, la exportación de nuevos cultivos y los prometedores inicios del turismo. La demanda de espacio para construir nuevas vías urbanas, muelles, grúas, almacenes, depósitos de carbón, varaderos, etc., era enorme. Y ese espacio, en muchos casos, estaba ocupado por obsoletas construcciones defensivas. Fue así como a partir de la década de 1920 se produjo la paulatina desaparición de muchas de las antiguas infraestructuras militares que durante siglos habían prestado un enorme servicio a la población.
A pesar de todo, durante la Segunda Guerra Mundial volvió la amenaza exterior. Se temía una posible invasión por parte de las potencias en litigio. Surgieron entonces nuevas estructuras defensivas, ahora acordes con los tiempos, en puntos que se pensaron en esos momentos vulnerables (San Andrés, Balneario, La Altura, Las Tiñosas, Los Moriscos y Punta de la Vista). Todas ellas permanecen hoy pie, aunque algunas en estado de ruina.
Una vez finalizado el conflicto mundial, los peligros que podían venir del exterior cesaron. En la actualidad, pocos son los vestigios que perduran en la ciudad que recuerden su pasado como una de las plazas mejor fortificadas en este sector del Atlántico; característica que definió a Santa Cruz durante gran parte de su devenir histórico.
Si quieres conocer algo más sobre los diferentes elementos defensivos con los que contó Santa Cruz de Tenerife, te proponemos que accedas a los siguientes enlaces:
ANTERIOR A LA CONQUISTA
SIGLO XVI
Fortaleza Vieja o Cubilete Viejo
Atalaya de montaña Tafada o de Risco Bermejo
Atalaya del Sabinal o de Arbona
Batería Nº 1 cercana a La Cuesta
Batería Nº 2 cercana a La Cuesta
SIGLO XVII
Reducto de la Cruz o del Calvario
Batería de Santa Rosa o del Rosario
SIGLO XVIII
Cuerpo de Guardia de la Pólvora
Escuela Práctica de Artillería
Batería de Santiago o de los Melones
Trinchera de San Sebastián, Altura de Paso-Alto o Santiago
SIGLO XIX
Batería de San Juan o de María Cristina
Batería del Barranco del Hierro o de Alfonso XIII
SIGLO XX
Batería de la Punta de la Vista
Túneles y almacén de la Montaña de la Altura de Paso Alto
SIGLO XXI
Centro de Interpretación «Castillo de San Cristóbal»
Además, puedes consultar la siguiente bibliografía de nuestros fondos:














