El agua es un elemento fundamental para la vida y su abastecimiento siempre ha sido un aspecto que ha puesto de manifiesto el grado de desarrollo de cualquier sociedad. A lo largo de la historia la domesticación del agua fue un desafío permanente para las sucesivas civilizaciones. Los sumerios, hace cinco mil años, idearon un primitivo sistema de canalización y un rudimentario método de alcantarillado; los egipcios construyeron presas y sistemas de distribución; y los asirios idearon bombas hidráulicas ya en el siglo VII a. C. La ingeniería romana perfeccionó el traslado de agua por medio de acueductos, a la vez que puso en práctica un componente esencial de la vida diaria: el grifo. Además, los romanos desarrollaron una cultura de baños públicos y saneamiento que puso de manifiesto su extraordinaria capacidad para dominar los recursos hídricos. Y es que una parte esencial en el grado de desarrollo de la humanidad ha venido marcada por la capacidad de control sobre el ciclo del agua: localización de nacimientos y fuentes naturales, extracción, distribución, almacenamiento, evacuación y reciclado.
Santa Cruz de Tenerife fue fundada en los márgenes de un gran curso de agua: el Barranco de Santos. Por su cauce discurría un caudal más o menos permanente a lo largo de todo el año que era extraído, en un principio, por medio de rudimentarias norias. Además del de Santos, la localidad se veía cruzada por otras corrientes menores procedentes de las zonas altas de la vertiente sur del macizo de Anaga. Barrancos como el de Aceite (Barranquillo), San Francisco, San Antonio, La Leña, Ancheta, Tahodio, Valleseco, Bufadero, San Andrés, y del Hierro, aliviaron en parte con sus escasos caudales la creciente necesidad de agua de una población en aumento.
La escasez de agua en Santa Cruz durante los dos primeros siglos de su existencia fue una constante. Se perforaron algunos pozos situados principalmente en el margen derecho del Barranco de Santos y se construyeron aljibes en los patios de las casas más pudientes para recoger la poca agua caída del cielo; pero no fue suficiente. La población sufrió periódicas épocas de graves sequías que, rogativa tras rogativa, fueron paliadas gracias al transporte del agua en barriles desde La Laguna o desde los valles cercanos.
La situación cambió totalmente a comienzos del siglo XVIII cuando Santa Cruz entendió que su porvenir venía marcado por la seguridad y los servicios básicos que pudiera ofrecer en su puerto a las flotas marítimas que recalaban en él. Y la principal prestación demandada por los navíos en sus travesías transoceánicas era la aguada: el suministro de agua potable.
En 1706, bajo el mandato del capitán general Agustín de Robles y Lorenzana, comenzaron las obras para la conducción de agua desde los ricos nacientes de Monte Aguirre, situados en los alrededores del Pico del Inglés en las cumbres de Anaga, hasta el casco urbano de Santa Cruz. Se instaló entonces un complicado sistema de canales de madera de más de 12 kilómetros de recorrido, fabricados en altura sobre el terreno para así salvar las desigualdades orográficas y evitar que el ganado abrevase en ellos. Estos trabajos fueron sufragados mediante financiación tanto pública (Real Hacienda, Cabildo y Comandancia) como privada (acaudalados comerciantes locales).
La primera fuente pública en entrar en funcionamiento en la ciudad fue instalada ese mismo año de 1706 en la plaza principal, denominada a partir de entonces Plaza de la Pila. El agua que manaba de ella era gratis para los vecinos; solo se cobraba a los buques por el abastecimiento. La recaudación por este servicio fue destinaba al mantenimiento de los canales, vigilados por un alcalde del agua, cargo nombrado por primera vez en 1712.
Pronto comenzaron a aparecer otros surtidores públicos en la población. Así surgió el de San Roque, situado en la huerta de La Hanty, en la esquina de lo que hoy son las calles de El Pilar y la de Teobaldo Power. Este chorro fue trasladado más tarde al norte del convento de Santo Domingo (hoy Teatro Guimerá) con el motivo de abastecer a los vecinos de los cada vez más populosos barrios de La Consolación y Vilaflor (Puerta Canseco y Miraflores).
En 1776 se practica una reforma importante en los canales de la zona urbana. Para mayor higiene en la conducción, los antiguos caños de madera fueron sustituidos por tubos de barro cocido protegidos por atarjeas de mampostería tapadas por losas. Cuatro años después de finalizados estos trabajos, en 1787, se inauguró el chorro del Muelle o de La Aguada, instalado a instancias del marqués de Branciforte en la esquina del muelle con la playa, justo por debajo de la Alameda. El suministro a los barcos ya no se realizaría en una fuente pública urbana; ahora se acomodaba un lugar específico cerca del muelle para ese cometido.
El recorrido de la conducción de agua a lo largo de la geografía urbana santacrucera fue aprovechado para la instalación de nuevos puntos de abasto. Así surgió en 1805 la denominada Fuente de los Caballos, sencillo abrevadero público situado donde hoy se encuentra el arranque de las calles Doctor Guigou y Doctor José Naveiras, lugar por donde entraban los canales a la ciudad y cercano a la hoy famosa «Palmera del Parque». También los frailes franciscanos aprovecharon el discurrir de los conductos para regar su amplia huerta (hoy Plaza del Príncipe) con otro chorro situado en la parte de poniente del convento.
En un principio los terrenos donde se localizaban los nacientes acuíferos que surtían a Santa Cruz habían sido propiedad privada otorgada por el Adelantado a destacados participantes en la conquista de la Isla. Luego la titularidad pasó al Cabildo; y tras la obra de canalización de comienzos del XVIII, fue la Corona la propietaria hasta 1810, cuando la titularidad fue cedida al Ayuntamiento. Con la municipalización del servicio apareció el primer Reglamento de Aguas aprobado por la corporación en 1835. Siete años más tarde se constituyó la Junta económica de Aguas, organismo que aparte de controlar el buen funcionamiento del abasto se ocupó de cuidar los nacientes, abrir pozos y explotar nuevas galerías (Los Arroyos, El Río, El Hayal, Roque Negro, Catalanes) localizadas, en su mayor parte, en las cumbres de Anaga.

La creciente demanda debida al aumento demográfico de la población a lo largo de todo el siglo XIX, propició la instalación de fuentes y chorros públicos destinados a las necesidades de los nuevos barrios capitalinos. Aparecen entonces el chorro de Puerto Escondido (1820), situado a poniente del barrio de El Toscal; la Fuente de Morales (1838), en el barrio de El Cabo; los lavaderos públicos (1842), junto al barranco de Almeida en su ramal de Ancheta; y la Fuente de Isabel II (1844), entre las calles de La Marina y de San Francisco. También en la parte alta de la ciudad se instaló en 1873 un nuevo chorro a la altura de la hoy Rambla de Pulido, entonces carretera a La Laguna, que abastecía a los vecinos del barrio Duggi. Luego se establecieron surtidores en la zona de Los Llanos, El Perú, Buenavista y otros variados lugares. Casi todas eran estructuras muy simples: pequeños soportes de mampostería donde sobresalía un corto caño por donde manaba el agua. Durante años estos chorros no dispusieron de grifos, por lo que el agua caía de manera continua en un abrevadero o se perdía en el propio terreno. Alrededor de ellos se reunían las aguadoras, mujeres que hasta bien entrado el siglo XX y a cambio de una remuneración económica, se encargaban de transportar pesados jarrones o toneles repletos de agua hasta los hogares particulares que podían pagar el servicio.
En los albores del siglo XX las cosas comenzaron a cambiar. La bonanza económica propiciada por el auge portuario hace posible que la ciudad invierta en la mejora del servicio de agua de abasto. También llegan nuevos técnicos que ponen en práctica innovadores avances en el campo de la ingeniería hidráulica. Aparecen ahora los depósitos reguladores (Salamanca, Plaza de Toros, Tío Pino, Ofra…) desde donde se distribuirá más eficientemente el agua a las diversas zonas urbanas. En cuanto al almacenamiento, se construyeron en el cauce de algunos barrancos cercanos al núcleo poblacional algunas presas y embalses (Tahodio, Fumero, Cuchillo) que dieron cobertura a la incesante demanda tanto para consumo humano como agrícola.
A partir de 1910 comienza en Santa Cruz la instalación de una cada vez más extensa red de tuberías metálicas soterradas destinadas al servicio de agua a presión para particulares. Después de la Guerra Civil la explotación del suministro pasó a manos de compañías dependientes del Ayuntamiento. Primero se creó “Obras y Servicios” (OSSA) y luego, a finales de 1942, la Empresa Municipal de Abastecimiento y Suministro de Aguas (EMMASA), corporación que a lo largo de los años ha venido potenciando la prestación. Por otra parte, desde comienzos del siglo actual ha entrado en funcionamiento una planta desaladora que ha supuesto una innegable mejora en la garantía de abastecimiento.
Hoy abrir el grifo para cualquier acto de nuestra vida es algo cómodo y cotidiano pero, como hemos visto, no siempre fue así. Barrancos, norias, pozos, canales, atarjeas, chorros, fuentes, lavaderos, estanques, depósitos, presas, alcantarillas, depuradoras y dasalinizadoras, todos, en épocas diferentes, han sido elementos que han configurado una parte fundamental del desarrollo de la ciudad.
Si quieres saber algo más sobre el abastecimiento de agua en Santa Cruz de Tenerife, no tienes sino que acceder a los siguientes enlaces:
- Calle de La Noria
- Antiguos canales de agua
- Mirador Pico del Inglés
- La Pila de la Plaza de La Candelaria
- Fuente de Santo Domingo
- Chorro o fuente de la Aguada
- Fuente de los Caballos
- Fuente de Puerto Escondido
- Fuente de Morales
- Los Lavaderos
- Fuente de Isabel II
- Chorro o fuente de la Rambla Pulido
- Molino de agua
- Depósito de agua de Salamanca
- Depósito de agua de Las Mesetas
- Depósito de la Plaza de Toros
- Presa de Tahodio
- Embalse del Cuchillo (La Charca)
- Depósito de agua y presa de Fumero
- Depósito de Tío Pino
- Depósito de Ofra
- Desaladora de agua de mar














